Ruta de los Bancos de Vidío

Por Camilo Sousa (programa “Mochileros” de la TPA)

La costa del Cabo Vidío se eleva cien metros por encima de las aguas cantábricas ofreciendo al visitante multitud de lugares desde los que extasiarse con la visión de un mar bravío, que, con cierta asiduidad( más de la que quisieran algunos) bate las riberas y la base de los acantilados inmisericordemente.

A lo largo de esa línea de acantilados, los farriegos (habitantes de Oviñana) han ubicado una serie de bancos en espacios privilegiados con el único fin de brindar al visitante un lugar desde el cual contemplar “cómodamente” el entorno del Cabo.

Jugando con el horario de mareas es posible realizar una ruta que visita estos miradores para regresar por la base de los acantilados, caminando de ribera en ribera.

Esta ruta no supera los cinco  kilómetros y el desnivel acumulado será poco más de cien metros.

Arrancamos desde el edificio más emblemático de Cabo Vidío: su Faro. Construido a comienzos de los años 50, ha realizado su labor como guía y vigía de este tramo de mar incansablemente. Con la luz de su linterna, que penetra treinta kilómetros mar adentro, ha sacado de apuros a más de una nave. El ángel de la guarda de docenas, cientos, de botes, barcos, navíos, cargueros, algún valiente en kayak…, que orientados por su silueta o por sus ráfagas han podido determinar su posición y resolver la eterna cuestión. Esa de ” ¿A dónde vamos y de dónde venimos?”

Desde el Faro una senda bien pisada, ciñéndose a la línea de los acantilados recorre la costa en dirección oeste. A lo largo de ella iremos encontrando los bancos que nos brindan su panorámica.

Abajo, al nivel de las aguas iremos descubriendo las riberas de Peñadoria, Cueva, el Sablón…

Algunos de estos bancos están fijados sobre una plataforma de hormigón que no ha sido hecha ex-profeso para el banco. Ya estaban ahí. Son testigos, son los restos de la que en su momento fue la actividad económica más importante de la zona: la extracción de canto rodado de las riberas.

En este punto habría que hacer una aclaración: aquí no decimos playa, decimos ribera.

Tras esta aclaración y cuando ya llevamos recorridos casi dos kilómetros la senda desciende hasta una “Riega”(arroyo) sobre el que se ha “erigido” un pequeño puente de madera. Es un tramo “pindio” (pino, pendiente) con algo de piedra suelta. Es el único tramo de la ruta en el que hemos de ser cuidadosos. Tras cruzar el puente comienza una subida breve…,pero intensa, que nos lleva hasta el último de los bancos.

La senda abandona la línea de los acantilados para acercar nuestros a pasos a una pista que entre fragrantes eucaliptos nos conducirá hasta el Molín de Vallina, uno de esos rincones que se adhieren a nuestra memoria y permanecen en ella como recuerdo indeleble de este lugar.

Pero, paso a paso. La pista, amplia, cómoda, llega a una revuelta al borde del acantilado. La Carcavona. Desde este enclave el visitante divisa, a la derecha, todo el recorrido realizado desde el faro, y lo que resta para regresar siguiendo la base de los cantiles…y a la izquierda la ribera de Vallina, con su salto de agua, y su molino.

De la Carcavona seguimos bajando. Algo más abajo la pista bordea un pinar. Nada más dejarlo atrás, un camino arranca a la derecha. Es el antiguo “Camín Real “ por el que las gentes farriegas bajaban al molino y que se ha recuperado recientemente.

En suaves zigzags por la herbosa ladera desciende hasta la ribera. Ya abajo nos recibe el molino, y previamente, un tosco y robusto puentecillo, que nos facilita la tarea de vadear el Boumión o río de Vallina .

La visión de David, ese pequeño molino, enfrentado con Goliath, el mar Cantábrico, y defendido tan sólo por un pequeño murete que día tras día se enfrenta a la acometida de las galernas dejará al recién llegado ¿perplejo?¿embelesado?…

Las aguas que alimentaron el molino (hoy en día está en desuso), en su último suspiro en tierra, se precipitan en pequeña cascada sobre la orilla de cantos  rodados. Unos días se sumen bajo las piedras para surgir entre las olas, otros días se abren camino en la superficie y fluyen sobre los cantos rodados. Este lugar es la mejor metáfora sobre la vida: sometido a cambios continuos, cada día ofrece un aspecto diferente. Porque, ¿qué es la vida sino cambio?

Ya ha hollado el visitante la orilla. Las olas brincan, se baten, incansables a escasos metros.

A partir de este lugar la ruta continúa ceñida a las aguas. Dejando la ribera de Vallina, tras superar sin grandes dificultades una zona de roca , se accede a la ribera del Sablón…Sable, arena en francés, y también en asturiano. El Sablón…y sus laderas deslizantes. Durante décadas la extracción del canto rodado, el bolo, que se dice por aquí, desnudó la base de los acantilados dejándola expuesta, indefensa frente a los embates de la mar. Esta, inclemente, azota, golpea, bate y arranca la roca, deteriorando la base y provocando que la ladera comience a desmoronarse. Así es que es posible ver a los malaventurados pinos, secos ya que sus raíces han sido truncadas, deslizarse lentamente, milímetro a milímetro hacia la ribera… en un  proceso que durará el tiempo que tarde en formarse un manto de cantos rodados en la ribera que proteja el nuevo acantilado.

A lo largo de la orilla la marea baja deja al descubierto tramos de roca entre los que la vida bulle en pequeños charcos. Oricios, anémonas (ortiga de mar), pececillos, coral, bígaros, llámparas(lapas), algún cangrejo despistado…

La orilla nos brinda también la oportunidad de “Ir al Corso” que es como aquí le decimos a “mirar qué nos ha dejado la marea”. Podría ser una esponja de mar, una rama de toxo blanqueada por la sal y con forma sugerente, una boya de una red de pesca, quizás el cofre de algún buque pirata con un mapa en su interior… ¿el tesoro de Willy el Tuerto?…

En la siguiente ribera, la de Cueva, a la que también se accede después de sortear un sencillo tramo de roca, tomaremos el camino que nos devuelve a lo alto, al lugar donde las gentes de Oviñana erigieron el Aldebarán, el barco pesquero que nos recuerda cuál fue durante siglos el oficio más representativo del Cabo.

Desde este lugar, el Cantu Cueva, se regresa al faro siguiendo lo que resta de senda, y habrá que sentarse en alguno de los bancos para hacer un repaso de las sensaciones que nos ha dejado este hermoso paseo.